El arte de modelar, tallar y esculpir figuras en volumen a partir de un material cualquiera nació con el hombre mismo. En esencia, la escultura fue un medio de comunicar estados del alma, así como el conocimiento de la naturaleza. Sus primeras manifestaciones se ubican alrededor de 30.000 años atrás en forma de figurillas femeninas. Con el tiempo, la escultura se dividió en estatuaria, referida a ser humano propiamente dicho, y ornamental, que es decorativa. El sábado se cumplieron 176 años del nacimiento de la tucumana Lola Mora, una de las más importantes escultoras que tuvo el país. En su homenaje, el Congreso Nacional instituyó por ley 25.003 en 1998 el Día Nacional del Escultor y las Artes Plásticas.

Nuestra ciudad cuenta con un valioso legado escultórico, que frecuentemente es víctima de la falta de mantenimiento o del vandalismo. Hace pocos días, el busto de Alberto Soldati, ubicado en la esquina de la avenida que lleva su nombre y Francia, en el parque 9 de Julio, apareció completamente pintarrajeado y su placa de mármol rota. La figura femenina (le falta parte de la mano) del complejo escultórico del Alberdi, de Lola Mora, merecería ser reparado; sería quizás oportuno que se le construyera un techo y se acordonara -o se le diera un mejor destino- a "Parábola", hermosa escultura del comprovinciano Pompilio Villarrubia Norri (1886-1966), que estuvo en la plaza Independencia y desde 1928 se halla emplazada en la plazoleta Alfredo Gramajo Gutiérrez (distinguido pintor tucumano nacido en Monteagudo), frente al Cementerio del Oeste.

Este patrimonio escultórico urbano podría incrementarse considerablemente si se imitara la experiencia chaqueña que hizo de Resistencia la Ciudad de las Esculturas. Anualmente, desde 1988, tiene lugar allí la Bienal Internacional de Esculturas, prestigioso certamen en el que los artistas trabajan el mármol y la madera al aire libre, a la vista del público, a lo largo de una semana. Una vez concluida la competencia, organizada por el gobierno del Chaco y la Fundación Urunday, las obras quedan para la ciudad y se las emplaza en distintos lugares. La iniciativa no tardó en ser imitada por Misiones, Río Negro, Córdoba, Mendoza y Jujuy, entre otras provincias, y tiene atracción no sólo cultural, sino también turística. Tras frustrados intentos, finalmente en 2004, por impulso del escultor tucumano Francisco Fernández, se realizó el encuentro en la plaza Alberdi, con el apoyo de la Escuela de Bellas Artes y la Secretaría de Extensión de la UNT. La experiencia que fue sostenida económicamente a pulmón por un grupo de artistas, resultó un éxito. Sin embargo, no volvió a repetirse por falta de dinero.

Afortunadamente, a la propuesta la hizo propia la Municipalidad de Famaillá y desde 2009 viene realizando el Encuentro Internacional de Escultores, bautizado con el nombre de Juan Carlos Iramain, uno de los artistas más importantes que ha dado Tucumán. El certamen le ha permitido embellecer la ciudad con obras en madera y piedra.

Sería interesante que en San Miguel de Tucumán, donde hay una Escuela y una Facultad de Artes, dependientes de la UNT, encuentros de esta naturaleza volvieran a repetirse, como una forma de estímulo de los valores locales, como hecho convocante de artistas con renombre y del turismo. Difícilmente tambalearía el erario si se apoyaran iniciativas como esta, positivas desde todo punto de vista.